Los límites se construyen desde el comienzo de la vida

Durante los primeros años de vida, los límites se asientan en base a las rutinas  así como en pautas asociadas a los hábitos de alimentación, higiene y sueño. De ahí, que los límites deben estar muy presentes desde el nacimiento para ayudar al niño a reforzar su personalidad, y conocer desde muy pequeño   que las frustraciones existen en la vida real.

 Cuando hablamos de límites en la infancia no debemos pensar solo en decir “no”. Para poder empezar a introducir el “no”, tiene que haber muchos “sí” antes. Un niño necesita empezar a descubrir el mundo y confiar en él por medio del adulto, especialmente de sus padres.  El adulto le tiene que proteger  de todo lo que le puede hacer daño ¿Y qué le puede dañar? Todo: si no le sujetas cuando no sabe caminar,  se cae; si no le apagas la luz, no puede dormir; si  le das demasiado alimento, se ahoga. Es el adulto el que tiene que regular todas esas cosas y, si hay una buena regulación, se construye una buena base de confianza.  Cuando un  niño sabe que puede confiar en el adulto, interioriza que si lo necesita, ese adulto va a estar disponible, es decir, se construye un vínculo y sabe que el adulto le protege y va a decir que “no” si algo no es bueno para él .Después, empieza todo un camino tolerable de frustración.

Los niños, desde que nacen, tienen que aprender y diferenciar entre el bien y el mal, y  no tienen por qué tener todo aquello que desean. Cuando un niño empieza a descubrir,  explorar y entender  el mundo habrá muchos “no”, porque hay muchos lugares donde un niño no va a poder tocar,   subir,  sacar…  Es inevitable que un niño que empieza a caminar luego quiera correr, saltar, bajar, subir… pero, ¿Cómo va a aprender a bajarse de un lugar, si no se pudo subir? Primero tiene que poder probar y cuando hay un “sí”, el “no” se tolera más. Un adulto que por miedo limita al niño le impedirá aprender de sus potencialidades, saber dónde hay un posible daño o hasta dónde puede llegar.

Por el contrario,  un  exceso de permisividad y de sobreprotección por parte del adulto impide que un niño conozca la frustración.

 

 

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